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"PARA ILUMINAR, NO PARA DESLUMBRAR"
Mié 10 Jun 2026
Tiempos duros, sí. Pero los tiempos siempre lo son para quien tiene el corazón despierto. Tiempos de escasez, de cansancio que se pega a los huesos. Tiempos donde duele mirar al vecino y saber que también él anda corto de pan y de esperanza. Pero mire usted: también son tiempos para seguir sembrando, aunque la tierra esté seca. Para reinventarnos sin perder el rumbo, para caminar sin soltar la mano de nadie.
En medio de todo eso —de los niños que preguntan cosas difíciles, de los jóvenes que buscan un lugar donde creer todavía, de los mayores que ya han visto demasiados inviernos— ahí está nuestro Centro. No vive fuera de esta tormenta. Él también siente el frío. El encarecimiento, las desigualdades, todo eso toca a nuestra puerta cada mañana. Pero no he tomado la pluma para quejarme. No vine a sumar una queja más al aire.
Vengo a hablar de lo que se nos está quedando en el tintero del alma. De cómo, sin darnos cuenta, vamos cambiando la ternura por la desconfianza, la pausa por el apremio, el respeto por el ruido. Vengo a preguntarme —y a preguntarles— cuánto hemos envilecido para poder resistir. Porque resistir no puede significar dejar de ser quienes somos.
--UN POCO DE HISTORIA
Déjeme contarle de dónde venimos. Nació esto —este Centro, esta locura hermosa— en otro tiempo de oscuridad. Usted se lo imagina: La Habana en el 93, un apagón, nuestro querido Fray Manuel Uña, recién llegado a Cuba y esa historia que nos cuenta con gusto: -- lo primero que me regalan es una linternita. Para iluminar, no para deslumbrar. Esa frase se me quedó pegada al alma como un guarismo. -- Esa lucecita no se apagó. Se fue pasando de mano en mano, de corazón en corazón. Y de aquella chispa nació el Aula Fray Bartolomé, un pedacito de ágora en medio de la ciudad. Luego, en el 98, ya con más aliento, llegó el Centro. Para iluminar, siempre para iluminar. Para crear conocimiento, sí, pero también para crear humanidad.
Y mire qué milagro: sin dejar de ser cristiano en el origen, este espacio se hizo laico, se hizo plural, se hizo de todos. Entra el que crea y el que duda, el hombre y la mujer, el joven y el viejo, el blanco y el negro, el ateo y el creyente. Todos caben. Todos tienen derecho a un lugar donde aprender sin humillaciones, donde debatir sin gritos, donde discrepar sin romperse. Por eso la gente nos quiere. Porque aquí no pedimos carnet de nada. Solo pedimos respeto.
Y se creó algo hermoso, algo que parece mentira en estos tiempos: una burbuja, sí, pero de las buenas. Una burbuja de paz. La paz que se siente en los pasillos, ese silencio que no es vacío, sino que está lleno de presencia. Los jardines, las galerías... seguimos citando a Fray Manuel Uña: -- los muchachos me lo dicen a menudo: "Fray Manuel, cuando entro aquí ya no quiero salir." Y yo sonrío por dentro. Porque eso es una casa, ¿no? Un lugar donde se descansa el alma. –
--ACTUALIDAD
Hoy, en este 2026 que nos tocó vivir, seguimos aquí. Dando clases de ciencias, de idiomas, de computación, de diseño. Todo lo que haga falta para que el ser humano crezca en anchura. Pero hay un rincón que me llena especialmente: el FIA, nuestra Formación Integral para Adolescentes. Porque mire, los muchachos no solo necesitan matemáticas o inglés. Necesitan herramientas para ser buenos, para ser decentes, para mirar al compañero y al profesor y al fraile con respeto. Para entender que este espacio es sagrado, no por lo que cree, sino por lo que cuida.
-- DE LOS ADOLESCENTES
De los adolescentes quiero hablarle ahora. De ellos, que son la pregunta y la respuesta a la vez. Porque ahí está el reto, amigo mío: hablar para formar, para crear, para moldear con manos tiernas pero firmes lo que serán las generaciones que vienen detrás de nosotros.
Y es un reto duro, se lo aseguro. Porque los tiempos no ayudan. Uno rema contracorriente, sintiendo el peso de las rémoras, de todos esos rezagos que arrastramos de años y años de distorsiones. Nuestros jóvenes pasan un rato con nosotros —unas horas de clases, un recreo compartido bajo la mirada de los profes— y luego se van. Se van al barrio, a la calle, a esa sociedad que también los moldea mientras nosotros no los vemos. Y no voy a engañarme: a veces lo que aprenden fuera desanda lo que sembramos dentro.
Porque, mire, no estoy criticando por criticar. Eso no es propio de quien lleva luz en vez de un látigo. Pero la verdad, aunque duela, hay que decirla: la educación primaria y oficial se ha ido degradando un poquito. Y no es culpa de nadie en particular, es el cansancio de todos. Pero la vulgaridad, los malos procederes, se han ido haciendo un hueco en las propias instituciones. Se escucha música que no debería sonar en ciertos espacios, se habla de brother y de consorte a voz en cuello como si estuviéramos en la esquina. Se vive a la carrera, sin frenos, sin límites. Se irrespeta la puntualidad, la asistencia, hasta el sentido de una evaluación —como si saber no importara, como si el conocimiento no mereciera quedarse.
Me entristece hablar de estas cosas. De verdad que sí. Pero están ahí, flotando en el aire como polvo. Y negarlas sería como cerrar los ojos ante un apagón y fingir que hay luz.
Entonces recuerdo al poeta. Ese que dijo: "Hay un país que es tuyo. Va contigo a donde quieras que estés…" Y pienso que es verdad. Porque cada acto nuestro, cada pequeña semilla de bien que sembramos, se nos pega a los talones y va dejando huella. Alguien nos mira, alguien nos sigue, alguien copia lo que hacemos sin que nos demos cuenta. Y también recuerdo aquel otro verso: "…que la isla ya no es lo mismo. Que, de los buenos, quedan pocos ya…" Puede que tenga razón. Pero no podemos cruzarnos de brazos. Si nos esforzamos por educar a las nuevas generaciones, aunque el fruto tarde en verse, tendremos un futuro más alentador. Más humano. Más nuestro.
--LO QUE AÑORAMOS
Por eso —y ya voy terminando— tenemos que mirar con lupa al FIA. Nuestros adolescentes tienen que salir de aquí siendo semilla. No semilla seca, no semilla perdida. Semilla buena de valores éticos y sociales, de hábitos limpios, de reglas que no asfixian, sino que ordenan el alma. Hombres y mujeres de bien, de esos que cambian su sociedad desde adentro, sin estridencias, con el ejemplo.
Que carguen con la alegría de ser jóvenes —¡y vaya que eso es hermoso! — pero que sepan calmar el galopar de sus propios jinetes. Que dejen la prisa. Esa prisa por consumir pantallas, esa prisa por obtener resultados con el mínimo esfuerzo, esa prisa por aprender solo para vencer un examen que al día siguiente ya se olvidó. Porque el saber que no deja memoria es como lluvia en el cemento: moja, pero no empapa.
Y mire, no les pido que dejen de ser jóvenes. Dios me libre de eso. Pero que sepan que no es necesario seguir el ritmo del reguetón de moda para estar a tono con su edad. Hay otros géneros, otros compases, que también alegran el alma y la ensanchan. Al reguetón no hay que prohibirlo; hay que ponerlo en su sitio, no en el centro de todo. Que disfruten la vida, que la vivan con ganas, pero que piensen que un día serán adultos. Y si no cultivaron el alma hoy, ¿de dónde van a sacar mañana?
-- CON EL CORAZÓN EN LA MANO
A los profesores les digo, con el corazón en la mano: transmitan sus conocimientos, sí, pero sobre todo ese bichito de seguir aprendiendo. Ese gusanillo que no se muere nunca. Y por encima de todo, las buenas conductas, las maneras de actuar en sociedad. El respeto, el cuidado, los valores éticos. Porque de nada sirve un muchacho muy listo si es desalmado.
Somos una familia, ¿lo saben? Una familia un poco rara, un poco revuelta, pero familia al fin. Y juntos podemos hacer cosas buenas. Cosas que merezcan la pena.
Sean alegres. Que los muchachos disfruten sus clases, sí, pero sin que eso se convierta en un espectáculo sin sentido. Que rían, que pregunten, que se equivoquen incluso. Pero que nunca olviden el espacio donde estamos: esa casa compartida con los frailes, con toda su carga espiritual y religiosa. Ese silencio que no es vacío. Esa luz que no deslumbra.
Porque al final, de eso se trata: de caminar juntos, sin prisa, pero sin pausa, iluminando sin deslumbrar, acogiendo sin preguntar. Construyendo, ladrillo a ladrillo, desde el cariño y desde la verdad. Incluso —y sobre todo— cuando afuera todo parece venirse abajo. Hacia un país que es nuestro y que todavía estamos construyendo.
Y ahora pregunto yo: ¿Qué vas a cambiar tú mañana? ¿Tu prisa? ¿Tu gesto de indiferencia? ¿Tu silencio cuando debías hablar?"
Fray Bartolo
Desde el Centro de Estudios Fray Bartolomé de las Casas, La Habana
Junio, 10 del año 2026