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EL CORAZÓN DE UNA TIERRA CANSADA

Lun 22 Jun 2026
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EL CORAZÓN DE UNA TIERRA CANSADA 

El espejo de los Indios -- Espacio de reflexión con Fray Bartolo

 

«Las aguas se revuelven y el mar se torna violento. Como dice la biblia, los tiempos se pondrán difíciles y vendrán tormentas justo antes del final» (cf. 2 Timoteo 3,1-2; San Mateo 24,7-8).

Hermanos, no anuncio el fin, porque sólo el Padre conoce la hora, pero el cielo nos da señales que piden ojos despiertos y corazón humilde. Esta tierra nuestra, es como una barca en alta noche: sus mástiles se doblan, sus víveres menguan, y los remeros a veces miran al horizonte sin ver puerto.

El Eclesiastés nos recuerda que «hay tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado» (Ecl 3,2). Pero también hay tiempo de reconocer la fatiga del vecino, la cola larga bajo el sol, la ausencia de medicina en la mesa del anciano. Vengo con la compasión: el mismo sentir que movió a Santo Domingo a predicar con la verdad en la boca y la mano tendida.

San Pablo escribió a los Gálatas: «Ayudaos los unos a los otros a llevar sus cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6,2). Mas cuando la ley humana no alcanza a aliviar esas cargas, cuando el pan se vuelve signo de ausencia y el silencio cubre lo que debería ser súplica o consejo, entonces la herida se hace crónica. No hablo de alterar el orden, sino de memoria: recordemos que el profeta Amós clamó contra los que «venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am 8,6). No porque aquello fuera Israel, sino porque el pecado social tiene el mismo rostro en todo tiempo.

Algunos dirán que Fray Bartolo se vuelve aguafiestas. No es así. La Orden de Predicadores no vino al mundo para halagar oídos, sino para decir, con Isaías: «Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta» (Is 58,1). Clamar con medida, sí, pero clamar: la falta de espacio para trabajar sin trabas, para discernir, para la tolerancia, para caminar con la frente en alto, es también una tormenta. Y el Señor no nos pidió que fingiéramos calma cuando los suyos sufren.

Que nadie tome estas palabras como arrogancia. Yo mismo, pobre fraile, miro mis manos vacías. Pero el Evangelio no necesita riquezas: «donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). El tesoro de esta isla no está en los murales de grandes paredes de colores ni en las arengas que se llevan el viento, sino en la paciencia de su pueblo, su ingenio para sonreír cuando se ha acabado todo, y la fe que aún reza en lo íntimo.

Termino con el salmista: «Señor, ¿hasta cuándo? ¿Te olvidarás de mí para siempre?» (Sal 13,1). No es queja, es oración. Y mientras llega la respuesta, pidamos al Señor que ilumine a quienes tienen la responsabilidad de velar por el bien común, para que recuerden que toda autoridad en la tierra está llamada a ser servicio (cf. Lc 22,26); y a nosotros, frailes y laicos, la valentía de la caridad que dice la verdad sin romper la caridad.

Que María, Madre de la Esperanza, interceda por esta tierra. Amén.

—Fray Bartolo, en el claustro, en un día gris como tantos otros.