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Comunicado

“Un Burro Atado, un Sepulcro Vacío”.

Mié 21 Abr 2021

“Un Burro Atado, un Sepulcro Vacío”. 

Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y Betania, al pie del monte de los Olivos, envía a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y no bien entréis en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: “¿Por qué hacéis eso?”, decid: “El Señor lo necesita, y que lo devolverá en seguida”.» Fueron y encontraron el pollino atado junto a una puerta, fuera, en la calle, y lo desataron. 

Mc11, 1-4.

 

Queridos Profesores, Estudiantes y Colaboradores del CFBC.

Hombres y Mujeres Amantes del Bien y de la Verdad

 

Queridos, ¡Es la Pascua! Es momento de celebración y regocijo, la Pascua habla de vida, de esperanza, de libertad. La Pascua es nuestra fiesta, es la fiesta. Es por ello pertinente que mi mensaje pascual comience felicitándonos, deseando parabienes, invitando a la alegría. ¡Aleluya es el grito de la Pascua! ¡Aleluya! Ha de ser también el grito que se escuche hoy en todos nuestros ambientes. Con el ¡Aleluya! de la Pascua me acerco a ustedes y les abrazo.

Este mensaje pascual les llega con algunos días de retraso, tendría que haberlo enviado en el mismo centro del plenilunio pasado, cuando en el cielo brillaba como el “farol del farolero” del Principito, pero sin “consigna”, la Luna de Nisán. La misma que vio hace muchos siglos atrás la liberación de Israel. La misma que brilló con especial luz aquella Noche Santa en la que Dios “vio la aflicción de su pueblo” (Ex3, 7) y conmovió su corazón de Dios Liberador y bajó para ponerse al frente del pueblo liberado. La misma que vio abrirse en dos el Mar Rojo para que pasara el pueblo de la Alianza con Dios a la cabeza (Ex14, 22) y vio hundirse en medio de sus miedos al ejercito que servía al faraón ambicioso y tirano que no quiso escuchar la voz de Dios ni el clamor del Pueblo (Ex14, 27). La misma que en la Noche más Santa de la historia vio correrse la pesada piedra del sepulcro (Mc16, 1-7) en donde otro tirano inescrupuloso quiso esconder la vida y la esperanza de los hombres, ignorante de que la vida había triunfado para siempre y que la esperanza sería ahora la canción de los pequeños, porque Dios se había puesto de parte de la víctima, del Crucificado, del que llamaron “Maldito” (Dt21, 23). 

Tenía que haber escrito en el plenilunio, pero varias razones me hicieron detenerme, pensar, reponerme a mis miedos… de los miedos vencidos nació la Pascua, cuánto miedo en aquella noche terrible en la que Dios liberaba al pueblo y cuánto miedo en el corazón de los doce en esa otra noche en la que Dios volvía a liberarnos, había miedo en el cenáculo y, sin embargo, Dios estaba obrando la liberación. Necesitaba vivir mi propia Pascua antes de acercarme a ustedes en estas letras.

Hacer memoria es la esencia de la Pascua. Las celebraciones de estos días comenzaron con la narración de la entrada de Jesús en Jerusalén, una parábola perfecta de lo humano, la gran Semana se inaugura con un “burrito” atado (Mc11,2) y culmina con un sepulcro abierto. Las cosas de Dios son tremendas. ¿Cómo pasamos del animalito atado a la gran victoria de Pascua? Lo sabemos, un burro atado no sirve de mucho, si bien es un animal valioso, si está atado no cumple su función. Así nos pasa, ¡Cuánto de bueno! ¡Cuánta vida!, ¡Cuánta creatividad en nuestro pueblo, en nuestros jóvenes, en los hombres y mujeres de esta tierra!, ¡Qué mar de posibilidades que no llegan a realizarse nunca por culpa del miedo y la amenaza! Por culpa de la intolerancia y del silencio. Un burro atado no nos sirve. Un hombre atado tampoco. Hay que desatar porque el “Señor” lo necesita (Mc11, 3), tal vez nuestros problemas consistan en que hemos aprendido, a fuerza de escucharlo muchas veces, que un burro atado es mejor que un burro suelto, en el lenguaje coloquial decimos que tenemos el burro atado cuando logramos controlar todo, cuando nos sentimos seguros. Si se nos escapa el burro todo se viene abajo y nos vemos obligados a movernos, a ponernos en camino. Es mejor estar seguros. Pero entonces no habría Pascua, esa seguridad cuesta muy cara, es la seguridad de la cerca que divide, que pone límites, que aleja y de la piedra que bloquea la vida encerrada en todos los sepulcros, es la seguridad que ofrece Egipto, la de las ollas de carne y la cebolla. Es la seguridad de la soga puesta al cuello y la del Faraón que quiere sus pirámides. El burro atado es la seguridad de la ideología, la confianza que da una falsa religión cuando esta se ha desencarnado de la realidad y mira solo para lo alto, quedando prisionera de sus ritos, de sus seguridades, de sus “comodidades” a costa de un “crucificado”. El burro atado es la pseudoverdad impuesta con violencia, repetida hasta la saciedad. Acercarse a un burro atado para cortar la soga es peligroso. Responderá con violencia y a patadas, se siente amenazado. El burro atado puede ser nuestro problema. Entrar con contacto y dejarnos interpelar por tantas realidades que permanecen atadas a nuestro alrededor trae consigo la experiencia de la Pascua, sentir en nosotros las ataduras del que sufre luchando por su liberación hace que eclosione en nosotros la Vida y se empiece a mover la piedra pesada. Así sucedió con Moisés (Ex2, 11-14)[1]. Así puede suceder con nosotros, así ocurre con los hombres y mujeres de buena voluntad, la contemplación del sufrimiento ajeno nos deja incómodos por dentro, el entrar en contacto con la violencia institucional que intenta acallar las voces diferentes, ser testigos de la descalificación en los medios de comunicación sin derecho a réplica contra hijos de esta misma tierra que intentan a su modo y apelando al derecho que les asiste a aportar sus propias soluciones a los problemas de todos, ser parte de un pueblo cansado de promesas de futuro y que ve hundirse su esperanza en un presente cada vez más difícil, acompañar las esperanzas fugitivas de los jóvenes que viven su día a día a aquí pero sus sueños allá y esperan que el mañana les arroje en otra tierra donde reconciliarse consigo mismos y con sus sueños, hace que se escape de los más profundo del alma el grito de la Pascua. No puede estar bien la realidad si permanece atada.

Lo que está atado, responde con violencia, ¡Cuánto peligro encerrado en las respuestas violentas! Respondían con violencia los soldados del faraón, respondió con violencia el mismo faraón ante la propuesta de liberación del pueblo, respondieron con violencia los empoderados en tiempos de Jesús, respondió con la violencia la religión esclava de la ley y los preceptos al verse amenazada por la libertad del Mesías, al que preferían crucificado porque una verdad crucificada nada dice, eso pensaron ellos (Mc15, 11-15). Responden con violencia nuestras instituciones cuando se les escapa de la mano el control de lo real, respondemos con violencia cuando nos sentimos amenazados en la cola diaria para conseguir lo necesario, se responde con violencia en los medios de comunicación cuando se quiere defender una idea a costa de la verdad. O peor aún, cuando se pretende hacer coincidir la realidad, siempre tan rica y pluriforme, con la tesis oficial o con la idea de siempre o con los principios de siempre. Hay que desatar al burro, tenemos que mover la piedra. No hay Pascua donde hay amarras, donde hay piedra que encierren a la Vida.

 

Las piedras gritarán:

 

  No es fácil desatar. Pero hay que quitar las ataduras. El arte de liberar se vuelve peligroso, ¡qué miedo da ir por el mundo liberando! Pero hay que quitar las ataduras. ¿Quién nos retirará la piedra de la entrada del sepulcro? (Mc16, 3) Decían aquellas mujeres suplicando por un milagro, más la piedra ya la había movido el empeño de su corazón y la esperanza inclaudicable. No fue el ángel fue la fe de María, la pasión de Magdalena, el amor de las mujeres el que empujó la piedra. En el núcleo mismo de la experiencia cristiana hay un llamado a liberar a mover piedras pesadas, se da una vocación de libertad, que no consiste solo en alcanzar la liberación personal, sino también aquella otra que no descansa, porque no está completa, hasta que no logra liberar a todos, mientras exista un ser humano atado. En el núcleo mismo de lo humano la libertad emerge y nos mueve a ser liberadores, nos empuja a la arriesgada tarea de desatar, estamos llamados a ser Pascua, a ser paso de la muerte a la vida, a ser liberación, a poner en movimiento las piedras inmóviles, a dar voz a la mudez de la piedra, a poner música en el corazón mismo de nuestra propia rigidez, la Pascua es el milagro de las piedras que hablan, misión esa hermosa y difícil de ser piedras parlantes, algunos se asustarán, reaccionarán sorprendidos, preferirán que los hijos de la Pascua seamos piedras mudas, es mucho más seguro, es menos peligroso. 

Que seamos piedras inmóviles es beneficioso para los que no quieren ver el sufrimiento y no quieren ser solidarios con el que sufre. Ser piedras duras es útil para los que sostienen que está bien lo que está. Una piedra que habla es tremendamente peligrosa, no está bien que la piedra hable y sin embargo la Pascua es la fiesta de las piedras que hablan y gritan: Que no se hizo la piedra para ser arrojada contra el hermano, que no es la piedra un arma para quitar derechos y silenciar palabras, que no es la piedra “piedra” si es para atemorizar, para herir, para encerrar la vida en sus entrañas. ¡Qué hermosa aquella piedra corrida a la entrada del sepulcro! No ha habido piedra más locuaz que esta, que lleva siglos gritando: ¡No está aquí! No está la vida encerrada entre piedras, no está la libertad prisionera del sepulcro, ¿Cómo callar que la vida sigue corriendo peligro? ¿Cómo callar que el hombre es silenciado todavía? ¿Cómo callar que hay religiones que alienan? Aquella vieja crítica de Marx a la forma de religión que conocía. ¿Tendrá miedo ahora Marx de una religión que libera de alienaciones y que mira a la tierra y que dice que no al que nos aliena y que Dios no está en el cielo, pero sí en todos los barrios donde la vida se comparte a pecho descubierto, que está en el corazón de los jóvenes inquietos, en el clamor de los artistas que hacen arte y con su arte hablan de vida y de justicia, que está en los cantos sorprendentes y espontáneos de la noche? ¿Cómo callar que hay derechos que se niegan y que hay derecho a tener derechos? ¿Cómo callar que mi hermano me lo vuelven enemigo si piensa diferente? ¿Cómo callar que sigue el resucitado dando vida y dando fuerza y caminando los caminos de los hombres? No podemos callar, aunque lo quieran. Y si hemos callado por miedo, si nuestras propias censuras se han impuesto, si hemos traicionado a la vida con un silencio infecundo y profundamente negro entonces está Él, que otra vez nos mira: «Y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor». ¡No está aquí! Habrá que repetir una y mil veces, no está no puede estar donde lo humano es maltratado, donde el hombre y la mujer son marginados, ¡No está aquí! Habrá que seguir gritando, no puede estar donde el silencio de la mano puesta en la boca que impide cantar la libertad sea preferido al grito de la Pascua. No está bien el silencio del sepulcro si es para guardar la muerte, no es bueno el silencio del sepulcro si es para acallar la vida.

  Necesitamos el ¡No está aquí! del ángel adelantado en aquella mujer que entrando a casa de Simón el leproso ungía la cabeza de Jesús, sin saber del todo que aquel gesto la hacía solidaria con el sufrimiento del mundo, hace falta el valor de ungir, sin miedo a la muerte, a los hombres y mujeres que sufren en su carne el ultraje de quien es perseguido por ser fiel a la verdad, la deshonra organizada que sufre el que no calla ante la injusticia, el golpe no devuelto al agresor que golpea cuando se queda sin argumentos frente al que canta amor.

 

¿Por qué me pegas?» (Jn18, 23)

 

Hay entre nosotros quienes preferirían un Cristo sepultado, un muñeco que llevar en procesión por las calles, un Cristo amordazado, un Cristo hecho a la medida de nuestros caprichos y de nuestros mezquinos intereses. No quieren un Dios que nos pregunte y que revuelva nuestras conciencias, un Dios que clame: 'Caín, ¿qué has hecho a tu hermano Abel?'

W. O'MALLEY, The Voice of Blood

  La Pascua nos despierta, ¡No está aquí! Nos dice el joven del sepulcro, ¡No está aquí! grita la iglesia que no quiere un Cristo sepultado. 

La Pascua nos invita nuevamente a preguntar por el hermano, no queremos más el puño levantado contra el que piensa diferente, el puño que amenaza la carne del hermano o el puño que golpea su dignidad y su fama, no queremos el silencio frente al odio, por miedo a las miserias expuestas o a un programa cualquiera que motive a la violencia y atente contra la dignidad del hombre. El Vencedor de la muerte ha llevado consigo lo que somos. La Pascua es la fiesta de los débiles. 

Él supo de ofensas y amenazas, Él sabe que la verdad es perseguida, también a Él le llamaron: “comilón y borracho” (Mt11, 19-19) cuando no entendían en sus gestos que un Dios tan serio nada dice a los hombres y que Dios se sienta y participa en las fiestas de los pobres, fue acusado de servir a Beelzebul[2] por quebrantar la ley del sábado que anulaba al hombre y le hacía vasallo de una ideología (Mt12, 24). Supo aguantar la ofensa contra su familia cuando el que no puede ser amigo de la verdad solo pudo acudir al insulto (Jn8, 41). Él aguantó ser llamado amigo de pecadores y ser ofendido por sentarse con ellos a la mesa (Mt11, 19). Más no pudieron callarle, no pudieron impedirle que hablara con el leproso quebrantando la ley (Mc1, 41), que conversara a solas con aquella mujer junto al pozo de Jacob (Jn4, 1-42), que se dejara tocar por los impuros (Mc5, 21-43). No pudieron. 

No hay loza que pueda secuestrar la vida. La Pascua nos invita a andar esos caminos. Con Él Resucitado queremos ser hermanos. Queremos ser la Pascua, queremos silenciar el miedo que provoca el grito de un hermano contra otro, con el Resucitado habrá que decir: ¡No! a quien se robe los derechos a expresarnos, a quien grite violencia o llame criminal, maldito, mercenario, malnacido al que piense o viva o sienta diferente, con el grito de la Pascua queremos una Cuba donde quepamos todos. Sin consignas, sin gritos, ni amenazas. 

Una vez corrida la piedra del Sepulcro queremos sentarnos sobre ella y cantar cantos de vida, de inclusión, que podamos cantar todos, no solo el que mejor canta o el que tiene derecho al micrófono, siempre el mismo, el mismo canto y no lo presta.

Tal vez estoy soñando o cantando un canto de futuro. Pero no renuncio al sueño de vigilia, ese de ojos abiertos, que me dice que sí, que el burro ha sido desatado, que la piedra ha sido movida y que el Señor Resucitado vencedor del mal y de la muerte va delante de nosotros. Que en Galilea nos espera, en la tierra de todos. Y llamaré hermano al que piensa diferente, al que le dice otro nombre a Dios, pero le ama, al que no cree en Dios, pero vive sorprendido por la vida.

Es mi sueño y lo comparto. Permítanme que acabe citando a un hermano dominico, comparto junto a él la pasión del Reino y la fuerza de la Pascua: 

“Debemos aproximarnos a esa realidad como el que tiene un tesoro escondido, hacernos cargo de la situación y aprender de ellos. Solo desde los anawin, podemos acceder a la resurrección de Jesús y dar testimonio de ella. Integrar en la cruz la experiencia de un Dios que se deja afectar por el sufrimiento humano y abrir una esperanza liberadora contra la injusticia que produce víctimas. La experiencia del Resucitado está llamando a nuestras comunidades a la solidaridad con los crucificados y a la lucha contra la injusticia, no solo a transformar el corazón del hombre, sino el corazón de un mundo sin corazón. La resurrección de Jesús es “la protesta de Dios contra la injusticia, la injusticia infligida a Jesús y a aquellos a quienes él sirvió” (T. Lorenzen)[3].

¡Feliz Pascua!

 

Fr. Léster Rafael Zayas Díaz

Rector

 

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[1] «En aquellos días, cuando Moisés ya fue mayor, fue a visitar a sus hermanos, y comprobó sus penosos trabajos; vio también cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Miró a uno y a otro lado, y no viendo a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Salió al día siguiente y vio a dos hebreos que reñían. Y dijo al culpable: «¿Por qué pegas a tu compañero?» El respondió: «¿Quién te ha puesto de jefe y juez sobre nosotros? ¿Acaso estás pensando en matarme como mataste al egipcio?» Moisés, lleno de temor, se dijo: «La cosa ciertamente se sabe.» 

[2] Así aparece citado en la Biblia de Jerusalén edición de 1975.

[3] Tomado de: https://salamancartvaldia.es/not/146310/los-crucificados-de-hoy/#:~:text=Hay%20entre%20nosotros%20quienes%20preferir%C3%ADan,y%20de%20nuestros%20mezquinos%20intereses.&text=Cada%20d%C3%ADa%2C%20en%20el%20mundo,aniquilados%20como%20lo%20fue%20Jes%C3%BAs.