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Comunicado

Como pescadores y pastores: El camino dominicano con la Iglesia hacia Pentecostés 2033

Mar 26 May 2026

Solemnidad de Pentecostés Traslación de Nuestro Padre santo Domingo
24 de mayo de 2026
Prot. 50/26/175 Letters to the Order

Como pescadores y pastores: El camino dominicano hacia el Pentecostés de 2033

Pentecostés marca la predicación inaugural de los apóstoles: cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, su temor vacilante se transformó en proclamación fortalecida por la fe, anunciando el Evangelio en muchas lenguas hasta los confines de la tierra. Como lo expresa vívidamente León Magno: «Desde este día de Pentecostés, la trompeta de la predicación evangélica resonó con fuerza».1 Juan Crisóstomo capta la misma transformación a nivel personal: Pedro, que antes había tenido tanto temor que no se había animado a hablar con coraje ni siquiera ante una sola criada (Mt 26, 69-70), estaba ahora de pie ante toda una multitud hostil proclamando la Resurrección con coraje y elocuencia (Hch 2).2

Santo Domingo entendió la Orden como una continuación de esa misma vida y misión apostólica. Significativamente, convocó y celebró los primeros Capítulos Generales en 1220 y 1221 en la solemnidad de Pentecostés.3 Al reunirse en esta fiesta, los frailes confiaron sus deliberaciones a la guía del Espíritu Santo, buscaron la comunión en el discernimiento y afirmaron que el gobierno de la Orden es un acto espiritual, no meramente administrativo. La opción de Domingo fue intencionada: arraigó la identidad de la Orden en una visión apostólica, abierta al exterior y guiada por el Espíritu. En esta luz, los Capítulos Generales no son simplemente asambleas, sino momentos privilegiados de discernimiento comunitario, gobierno y renovación; a su modo propio, como «pentecosteses»4 renovados una y otra vez en la vida de la Orden. Mi sucesor tendrá el privilegio de dirigir la Orden cuando la Iglesia celebre el gran jubileo de la Redención y Pentecostés en 2033. Sin embargo, deseo invitaros, ya desde ahora, a reflexionar sobre cómo podríamos prepararnos para ese día, y a considerar qué estamos llamados a ofrecer a la Iglesia mientras caminamos juntos hacia ese acontecimiento trascendental de gracia.

Colaboradores de la verdad (3 Jn, 8)

La siguiente reflexión se ofrece a toda la familia dominicana: frailes (clérigos y cooperadores), monjas contemplativas, hermanas apostólicas, miembros de las fraternidades sacerdotales, institutos seculares, laicado dominicano, y movimientos juveniles dominicanos. Si bien la forma particular de la vida dominicana difiere según el estado de vida de cada miembro, esta reflexión se refiere a lo que tenemos en común: la herencia compartida de la visión de santo Domingo y el propositum Ordinis compartido (cf. LCO 141).

Más profundamente, todos «participamos de los oficios sacerdotal, profético y real de Cristo por la incorporación a Él a través del Bautismo»5. Ningún miembro de la familia dominicana queda al margen de esta dignidad, y cada uno participa, a su manera, en la misión de Cristo de llevar la verdad, la santificación y la vida al mundo. Es esta dignidad bautismal compartida la que nos convierte, en palabras de la Tercera Carta de Juan, en «colaboradores de la verdad» (3 Jn, 8), una frase que resume la identidad dominicana en todas sus formas, ya que la búsqueda y la proclamación de la verdad, Veritas, es el corazón mismo del carisma de la Orden. Unidos por esta vocación común, cada rama de la familia sirve a la misión de la Orden a su manera propia y distintiva (cf. LCO 141).

Los santos de la Orden dan el testimonio más elocuente de las múltiples formas que puede adoptar la predicación dominicana: la predicación itinerante de Domingo, las enseñanzas de Tomás de Aquino y Alberto Magno, los escritos de Catalina de Siena, el arte de fra Angelico, la caridad de Martín de Porres y Rosa de Lima, el testimonio juvenil de Pier Giorgio Frassati, la sangre de los mártires. En Praedicator Gratiae, el papa Francisco celebró precisamente esta variedad apostólica como un don que la Orden sigue ofreciendo a la Iglesia.6

Los cuatro públicos / interlocutores de nuestra predicación hoy

Recordaréis que, en mi carta del 24 de mayo de 2025, os invité a prestar una atención renovada y particular a aquellos a quienes se dirige nuestra predicación, los cuatro públicos. Es nuestro sincero deseo que estos «públicos», respondiendo a la Palabra proclamada, puedan llegar a ser verdaderos «interlocutores»: nuestros compañeros en el diálogo continuo con Dios y de Dios. Con el mismo espíritu, pedí al Capítulo General (Cracovia 2025) que examinara y propusiera formas concretas en las que el propositum Ordinis pueda aplicarse de manera más efectiva a nuestra misión hacia estos públicos.

El papa León XIV, en su carta a los capitulares, nos animó a todos: «El tema que habéis elegido —abordar de manera más dedicada vuestras diversas formas de predicación a “cuatro públicos”: los que aún no conocen a Jesús, los fieles cristianos, los que se han alejado de la Iglesia y los jóvenes que se encuentran en estas situaciones— es particularmente oportuno».7

Mientras nos preparamos para el Jubileo de la Redención y Pentecostés de 2033, renuevo mi invitación a la Orden a poner el propositum Ordinis concretamente al servicio de la misión de la Iglesia de una nueva, o renovada, evangelización, centrándose en las siguientes cuatro misiones:

1. Misión ad gentes: la «misión» hacia quienes aún no han conocido a Jesús

«Descubrí incluso un altar con la inscripción: “Al Dios desconocido”. Lo que, pues, adoráis sin conocerlo, eso os anuncio» (Hch 17, 23).

Hoy en día, el lugar de la misión ya no es solo algún lugar lejano, ¡sino que está también a las puertas de nuestra casa! Al salir de nuestros conventos o casas, nos encontramos con no pocos hombres, mujeres y niños que aún no han conocido la alegría de la amistad con Jesucristo. Por lo tanto, la missio ad gentes no se limita a ciertas regiones, sino que se extiende a todos los contextos en los que Cristo sigue siendo desconocido. Reconocemos con gratitud a nuestros hermanos y hermanas que trabajan en territorios donde la Iglesia aún está echando raíces. Al mismo tiempo, numerosos miembros de la Familia Dominicana ya están comprometidos en llegar a los «buscadores», aquellos que aún no han oído hablar de Cristo ni han creído en él, a través de su trabajo en universidades, en el llamado continente digital y en otros areópagos contemporáneos de la predicación.

2. Misión para profundizar la fe de los creyentes: la «misión a Teófilo»

«He decidido escribir un relato ordenado para ti, Teófilo, a fin de que conozcas cuán bien fundada es la enseñanza que has recibido» (Lc 1, 1-4).

Lucas dirigió su Evangelio a Teófilo, un «amigo de Dios», que representa a todo creyente que desea conocer a Dios más profundamente. Cuidar de una comunidad de fe estable, acompañando a sus miembros en su camino de vida y fe, es en sí mismo una forma de itinerancia. Esta es la labor cotidiana de nuestros hermanos y hermanas en parroquias, escuelas, universidades, capellanías, centros de retiro y otros ámbitos similares.

No obstante, esta misión debe permanecer siempre intrínsecamente abierta a la missio ad gentes: las parroquias deben abrirse a las personas sin afiliación religiosa y a quienes buscan; las instituciones de enseñanza deben permanecer atentas y hospitalarias con quienes aún no creen. La profundización de la fe y su dinamismo misionero no deben separarse, pues ambos son aspectos inseparables del único mandato apostólico.

3. Misión hacia quienes se están alejando de la Iglesia

Estos son los discípulos en el camino de Emaús, alejándose de Jerusalén, alejándose de la comunidad de fe. «Sus ojos no eran capaces de reconocer a Jesús», que caminaba junto a ellos; sin embargo, más tarde lo reconocieron en las Escrituras y en la Fracción del Pan (Lucas 24, 13-32).

La secularización ha llevado a muchas personas a alejarse gradualmente de la práctica de la fe. Han perdido la capacidad de reconocer a Jesús en la Palabra y en el Sacramento. ¿Cómo nos acercamos a ellos y los invitamos a volver a verlo? Lamentablemente, también hay quienes se han alejado porque se sintieron escandalizados, heridos por los abusos sexuales, espirituales o psicológicos cometidos por miembros de la Iglesia. ¿Cómo caminamos con ellos, hablamos con ellos y nos sentamos a la mesa con ellos, como hizo Domingo con el «hospedero» (cum hospite domus)? ¿Qué estamos haciendo como Orden para invitar a estas personas a volver a la comunidad de fe? ¿Qué más puede hacer nuestra predicación, verbis et exemplis, para ayudarles a reconocer a Jesús en su Palabra salvadora y en la Fracción del Pan? ¿Cómo pueden las heridas a través de las cuales el apóstol Tomás llegó a confesar «Señor mío y Dios mío» convertirse, por la gracia, en una fuente de sanación para quienes sufren las heridas de la confianza quebrantada y las relaciones fracturadas?

4. Una misión especial hacia los jóvenes

Los jóvenes están presentes en cada una de las situaciones de fe descritas anteriormente. Muchos, incluso en lugares impregnados de cultura cristiana, no están abandonando la Iglesia, sino que nunca han entrado en ella, porque sus padres optaron por no educarlos en la fe.

«Maestro, ¿qué debo hacer de bueno para alcanzar la vida eterna?» (Mt 19, 16). Muchos jóvenes de hoy se plantean una pregunta muy parecida a la del joven rico. Debemos acogerlos y acompañarlos en su búsqueda de lo verdadero y lo bueno. Nuestros hermanos y hermanas que trabajan en colegios, universidades, capellanías, parroquias y santuarios atienden a los jóvenes y comparten una misión no muy diferente a la del apóstol Andrés. Fue Andrés quien reconoció, en el relato de la multiplicación de los panes, que un muchacho tenía algo que ofrecer (Jn 6, 5-15). Sin aquel muchacho, no habría habido milagro; sin Andrés, la ofrenda del muchacho quizá nunca habría llegado a Jesús. Hoy necesitamos Andreses, hombres y mujeres capaces de reconocer y acompañar a los jóvenes dispuestos a ofrecer sus dones y talentos a la Iglesia.

Dirigiéndonos a los públicos: las figuras bíblicas de los pescadores y los pastores

El Nuevo Testamento ofrece dos imágenes sugerentes para aquellos a quienes se ha confiado la misión de la evangelización: el pescador y el pastor. A primera vista, parecen pertenecer a mundos diferentes: uno oteando el horizonte del mar de Galilea, el otro recorriendo el terreno familiar de las colinas y pasturas. Sin embargo, leídas y contempladas juntas, ambas imágenes revelan el arco completo de la misión apostólica: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

La imagen del pescador habla de iniciativa y de ir al encuentro. Cuando Jesús llama a Simón y a Andrés con las palabras «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres» (Mt 4, 19), está describiendo una misión que sale al exterior, que echa la red ampliamente, que se aventura en aguas profundas y desconocidas. La pesca es un acto de búsqueda. Requiere paciencia, valor y la disposición a trabajar en aguas profundas, a menudo sin resultados inmediatos. Para una evangelización renovada, esta imagen nos recuerda que el primer movimiento es siempre hacia afuera: hacia quienes aún no conocen a Cristo, hacia los márgenes, hacia el mar abierto de un mundo secularizado y en búsqueda.

Pero el fruto de la pesca tiene que ser cuidado. Aquí es donde la imagen del pastor se vuelve indispensable. Cuando Cristo resucitado pregunta tres veces a Pedro: «¿Me amas?», y tres veces le ordena: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21, 15-17), le está confiando no sólo el anuncio, sino también el cuidado, el trabajo lento y paciente de la formación, el acompañamiento y la sanación. El pastor conoce a cada miembro de su rebaño por su nombre. Va en busca del que se ha perdido. No abandona a los heridos.

En conjunto, estas dos imágenes no describen misiones separadas, sino dos dimensiones inseparables de la única vocación apostólica. La Iglesia está enviada tanto a salir como a reunir, a proclamar y a cuidar, a buscar a los que están lejos y a alimentar a los que han sido encontrados. El pescador sin el pastor corre el riesgo de recoger una pesca que no perdura; el pastor sin el pescador corre el riesgo de cuidar un rebaño que ya no crece. En su unidad, sin embargo, revelan la plenitud de la tarea evangélica. Para nosotros, especialmente como predicadores en el espíritu de santo Domingo, esto significa que nuestra misión debe unir siempre la audacia de la proclamación y la fidelidad del acompañamiento: atraer a las personas a Cristo a través de la Palabra y guiarlas, con paciencia y fidelidad, hacia la madurez en Él.

«Pescadores de hombres» (ἁλιεῖς ἀνθρώπων) — Mc 1, 17 / Mt 4, 19

La pesca es un arte que implica una iniciativa paciente, hábil y a menudo incierta. Los pescadores dependen del conocimiento de las aguas, del momento adecuado, de la cooperación del viento y la marea. Pueden echar bien la red y volver con las manos vacías, como descubrieron los discípulos tras su larga noche en el mar de Tiberíades (Jn 21, 3).

Sin embargo, cuando Cristo dice: «Os haré pescadores de hombres», habla como quien ya conoce cada pez del mar, como quien lanza la red de su Palabra sobre todos los pueblos, todos los tiempos y todos los lugares. Como pescadores de hombres, participamos, si bien de manera parcial e imperfecta, en una iniciativa divina que no conoce horizontes.

Esto tiene profundas implicaciones para nuestra comprensión del primer y tercer público: aquellos que aún no han oído el Evangelio y aquellos que se están alejando de la fe. Los predicadores que se aventuran en aguas desconocidas, que echan la red donde nada se mueve, que trabajan sin resultados visibles, no trabajan solos. Ellos participan en la iniciativa inagotable y soberana de Dios mismo: «Pero ahora enviaré a muchos pescadores, declara el Señor, y ellos los pescarán» (Jer 16, 16). La missio ad gentes y la misión en busca de quienes se están alejando, son participaciones en una misión divina que no conoce cansancio ni fracaso.8

«El reino de los cielos es como una red echada al mar, que recoge toda clase de peces» (Mt 13, 47). La tradición patrística lee esta parábola con notable claridad. El mar significa este tiempo presente; la red, confiada a los pescadores, saca a todas las personas de sus aguas turbulentas hacia el reino eterno. Por ejemplo, Agustín interpreta los 153 peces sacados por Pedro y sus compañeros como la totalidad simbólica de los redimidos, la plenitud de todas las naciones reunidas en la red del Evangelio9. Ninguna red creada podría contener esa pesca; solo la red de la Palabra divina, echada a lo largo de toda la historia y de todos los pueblos, puede hacerlo. La vocación del pescador de hombres está, por lo tanto, radicalmente orientada hacia el exterior y es radicalmente urgente: el mar es vasto, la red debe echarse a lo ancho, y nadie debe quedar excluido de su alcance de antemano.

Y, sin embargo, una inercia real y creciente aflige a partes de la Iglesia hoy en día. Como ha señalado un agudo observador, ¡demasiados cristianos han dejado de ser pescadores de hombres para convertirse en cuidadores del acuario!

He aquí, pues, algunas cosas que debemos volver a aprender, o tal vez escuchar de nuevo, sobre lo que realmente significa ser enviados como pescadores de hombres10:

1. Los pescadores saben colaborar

Los pescadores saben colaborar. Esta no es simplemente una observación práctica; es algo inscrito en la naturaleza misma de este oficio. Las redes grandes requieren muchas manos. Una barca debe tener tripulación. La pesca, cuando llega, debe ser recogida entre todos, o se perderá. Desde el principio, la pesca ha sido un trabajo colaborativo, al igual que la misión apostólica que Cristo edificó sobre ella.

Pedro no estaba solo cuando el Señor le dijo: «Rema mar adentro y echa tus redes para pescar» (Lc 5, 4-11). La orden iba dirigida a Pedro y a sus compañeros. Las redes eran múltiples. Había muchas manos. Y cuando llegó la pesca, tan abundante que las redes comenzaban a romperse, fue solo porque sus compañeros de la otra barca acudieron rápidamente en su ayuda que se pudo llevar a salvo a la orilla. Sin esa colaboración, la misma abundancia se habría perdido. El milagro no eliminó la necesidad de los demás; la intensificó. La gracia no hace opcional a la comunidad; en todo caso, la hace más necesaria: cuanto más generosamente da Dios, tanto menos puede sostener un solo par de manos.

Por eso la vida apostólica, tal y como la entendía santo Domingo, es intrínsecamente comunitaria, no como una concesión a la debilidad humana, sino como una participación en la vida misma de la Santísima Trinidad, una comunión de Personas. No somos enviados solos, somos enviados como una comunidad, una escuela de predicadores cuya vida en común es en sí misma parte de la predicación: «forma vitae jam est in actu praedicatio» (ACG 1974, 253 II, 3). El mundo no solo escucha lo que decimos; observa cómo vivimos unos con otros. Y cuando ve auténtica caridad, auténtica solidaridad, auténtico apoyo mutuo en nuestro trabajo, vislumbra la comunión que anhela.

No se echan las redes en lo profundo en soledad. Quien lo intente no pescará bien, ni pescará por mucho tiempo. El aislamiento puede ser percibido, a veces, como libertad, o incluso como eficiencia. Pero el apóstol solitario, aislado de la vida en común, de la oración compartida, de la corrección y el aliento fraternos, es un pescador que se ha alejado de la barca. Y cuando las redes se vuelvan pesadas y la noche se haga larga, no habrá nadie en la otra barca para acudir en su ayuda. Por eso los pescadores saben que deben colaborar.

2. Los pescadores se adentran en aguas profundas para obtener una pesca mejor

Un pescador que permanece en el puerto, por muy tranquilo y ordenado que sea, no está pescando. Puede que esté haciendo muchas cosas buenas y necesarias: remendar sus redes, cuidar sus herramientas, ayudar a otros, descansar. Todas estas cosas tienen su lugar. Pero los peces no están en el puerto. Y si están en otra parte, tarde o temprano deberá encontrar el valor para zarpar de nuevo.

Lo mismo ocurre con nosotros. Estamos profundamente agradecidos por los lugares que sostienen nuestra vida y nuestra vocación. Nuestros conventos, nuestras parroquias, nuestros santuarios, nuestras aulas, no son obstáculos para la misión; son dones. Son lugares donde se nutre la fe, donde se transmite la verdad, donde se forma la comunidad y donde nosotros mismos somos fortalecidos para la labor a la que estamos llamados. Pero no son donde se echan las redes. El llamado del Evangelio siempre nos lleva más allá, más allá de lo que nos es familiar y seguro. El Señor nos convoca: «Id por todo el mundo y anunciad la Buena Nueva» (Mc 16, 15).

Parte de ese mundo se despliega ahora en lugares que no podemos ver ni tocar de la forma habitual. Los espacios digitales donde tantas personas viven, buscan y hablan se han convertido, por derecho propio, en un nuevo tipo de continente, con sus propios paisajes, sus propias comunidades, su propio anhelo. Allí también la gente se plantea preguntas profundas, lleva cargas ocultas, busca una conexión que va más allá de lo que la superficie de esos espacios suele ofrecer. Si estamos ausentes de ellos, muchos se quedarán sin compañía, no porque a nadie le importara, sino porque nadie acudió. Estar presentes allí no nos exige convertirnos en algo distinto de lo que somos. Solo nos pide que llevemos el mismo espíritu que siempre hemos sido llamados a vivir: la disposición a encontrarnos con las personas allí donde están, a escuchar con paciencia, a hablar con claridad y amabilidad, y a quedarnos el tiempo suficiente para que nos conozcan.

Detrás de todo esto se esconde algo aún más profundo, algo que toca el ritmo mismo de la vida apostólica. Existe un orden sereno y paulatino en la forma en que el Señor forma a sus discípulos. Antes de que Simón Pedro reciba el encargo de «apacentar a mis ovejas» (Jn 21, 17), primero se le envía a echar la red (Jn 21, 6). La salida precede al cuidado. La recolección precede al pastoreo. Esto no es casual. La Iglesia mantiene siempre unidos estos dos movimientos: salir en busca de los que aún no se han reunido y cuidar de los que ya lo han hecho. Ambos son esenciales. Cuando se descuida el primero, el segundo comienza, lenta y silenciosamente, a disminuir. Un rebaño, por muy amorosamente que se cuide, no puede permanecer igual para siempre si nunca se acoge en él nueva vida. La llamada a salir no es una carga añadida; es intrínseca a nuestra vida apostólica. Así fue para los apóstoles. Así fue también para santo Domingo, que no esperó a que el mundo encontrara el camino hacia él, sino que salió a su encuentro allí donde estaba, en los caminos, en el corazón de las cuestiones de su tiempo. La llamada es a salir de nuevo con confianza y sencillez, confiando en que el Señor que nos convoca también va delante de nosotros, está ya presente en las aguas profundas a las que nos envía.

3. Los pescadores saben que no deben ahuyentar a los peces

Quienes pescan aprenden, con el tiempo, que no todos los peces se pescan de la misma manera. El pescador sabio no se fía de un único método para todas las aguas o todas las estaciones. Presta atención. Aprende. Se adapta, no porque le falte convicción, sino porque se toma en serio lo que busca. Y así es en la labor que se nos confía. A algunos se les atrae lentamente, con paciencia y con un acompañamiento sereno. Otros necesitan primero ser acogidos y alimentados antes de estar listos para seguir. A otros solo se les alcanza cuando la red se lanza ampliamente, abarcándolos incluso antes de que sepan que se los busca. El Evangelio en sí no cambia, permanece siempre el mismo, siempre verdadero, pero la forma en que lo ofrecemos, la manera en que nos acercamos a los demás y el cuidado con que hablamos deben estar moldeados por el amor y la atención al otro.

Esto nos llama, con delicadeza pero con sinceridad, a mirarnos a nosotros mismos. No a un duro autojuicio, sino a una humilde apertura ante Dios. Podríamos preguntarnos simplemente: en nuestra forma de vivir y de hablar, ¿ayudamos a los demás a acercarse, o a veces, sin quererlo, hacemos ese paso más difícil?

Sabemos que no todos acogerán el Evangelio. La palabra de Cristo siempre ha sido, para algunos, una piedra de tropiezo, y no estamos llamados a suavizar su verdad para hacerla más aceptable. Pero aún así podemos preguntarnos si nuestra forma de hablar refleja la paciencia y la misericordia de Aquel a quien proclamamos. No siempre es el mensaje lo que crea distancia. A veces es el tono, que se percibe más como un juicio que como una invitación. A veces es una falta de alegría visible, o una brecha entre lo que predicamos y cómo vivimos, algo que el mundo, por mucho que pueda haber perdido, todavía tiene ojos lo bastante agudos para percibir. Y a veces lo que más se necesita al principio no es la corrección, sino la bienvenida; no es todo el peso de la doctrina, sino un lenguaje lo suficientemente sencillo y cálido para aquellos que están aún encontrando su camino.

Hay que echar la red. El mundo es amplio, y muchos están buscando, quizá más de los que creemos, y en lugares en los que aún no hemos pensado mirar. Pero la red debe echarse con cuidado: prestando atención al momento, a la persona y a las delicadas sugerencias de la gracia.

Gregorio Magno lo sabía bien. Consciente de la necesidad del predicador de saber leer a sus oyentes, escribía: «Una misma exhortación no conviene a todos, ya que no todos están unidos por una semejanza de carácter. Porque las cosas que benefician a unos a menudo perjudican a otros; como las hierbas que alimentan a ciertos animales son mortales para otros, y la medicina que alivia una enfermedad agrava otra. Por tanto, el discurso de los maestros debe adaptarse a la condición de sus oyentes, de modo que se aplique a todos y a cada uno según sus necesidades, sin apartarse nunca del arte de la edificación común».11

Tras su resurrección, el Señor no dijo a sus discípulos que pescaran con más esfuerzo. Los invitó a confiar en Él de otra manera, a echar la red del otro lado (cf. Jn 21, 6). Fue un gesto pequeño, casi cotidiano. Pero cuando obedecieron, encontraron lo que todo su esfuerzo anterior no había logrado producir. Esta es, quizás, la invitación dirigida también a nosotros. No abandonar la misión, sino renovar nuestra confianza en Aquel que la dirige. No simplemente hacer más, sino escuchar más profundamente. Porque lo que da fruto no es siempre un mayor esfuerzo en la misma dirección, sino la serena humildad de seguir hacia adonde el Señor nos lleva, incluso cuando nos lleva a echar la red de manera diferente a como lo hacíamos antes.

4. Los pescadores recogen de todo, sin distinción

La red del reino recoge a todo tipo de personas. Es un acto de misericordia, no de laxitud, sino de auténtica misericordia: echar la red incluso para los pecadores, para los que dudan, para los hostiles, para aquellos que se consideran fuera de alcance, y llevarlos a Cristo sin prejuzgar lo que la gracia aún puede hacer en ellos. No somos nosotros quienes juzgamos quién es alcanzable. La selección no nos corresponde a nosotros; pertenece al fin de los tiempos (Mt 13, 47–49). Nuestra tarea es simplemente lanzar, y lanzar ampliamente.

La propia amplitud de la red es un signo de la generosidad divina, pues «Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Lo mismo ocurre con la predicación: ofrecemos la Palabra de modo universal, dejando la respuesta a la gracia y el juicio a Dios. Tomás de Aquino nos recuerda que «Dios quiere que todos los hombres se salven por su voluntad antecedente»12, un deseo divino, anterior a todas las circunstancias, de que cada persona llegue a salvo a la orilla. Reflexionando sobre la parábola del trigo y la cizaña, con una comprensión aplicable también a la parábola de la red, Agustín escribe: «Vendrán los segadores, pero los segadores son ángeles, no seres humanos, y los seres humanos que se indignan contra los malvados, simplemente están demostrando que siguen siendo humanos, aún capaces de errar, aún propensos a arrancar el trigo cuando pretenden arrancar la cizaña».13 La cosecha y la selección aún no han sido realizadas. Esto significa, fundamentalmente, que los malos no están aún fijados en su maldad: «que los malos cambien y que imiten a los buenos» (mali mutentur, et imitentur bonos), una esperanza que Agustín afirma no como un deseo piadoso, sino como una posibilidad real, que se mantiene abierta precisamente por el mismo retraso que puede frustrarnos. Los pescadores saben que los peces malos no se convertirán en buenos, por lo que los desechan. Los pescadores de hombres saben lo contrario: las personas malas pueden volverse buenas. El perseguidor Saulo se convirtió en el apóstol Pablo, y esa transformación es prueba de que nadie está fuera del alcance de la gracia antes de que llegue la separación final.

5. Los pescadores conocen la virtud de la paciencia

Un pescador no puede forzar al pez a morder el anzuelo o a entrar en la red; tampoco podemos forzar la entrada de la gracia en un corazón humano. Pedro, Juan y sus compañeros no pescaron nada en toda la noche. Pero cuando escucharon la voz de Jesús y actuaron según su palabra, recogieron una pesca que superaba su capacidad. Para ser pescadores de seres humanos, debemos ser personas de profunda oración y contemplación, atentas a la voz de Jesús, dispuestas a echar la red al otro lado cuando Él lo ordene (Lc 5, 4–11; Jn 21, 6), y lo suficientemente pacientes como para confiar en que la gracia de Dios ya está obrando de maneras que no podemos ver ni medir. La noche que termina en un aparente fracaso no se pierde en las manos de Dios; en su amorosa providencia, incluso la espera que parece vacía nos va formando para lo que está por venir.

6. Los pescadores remiendan sus redes

Los pescadores saben que hay un tiempo para echar las redes y un tiempo para remendarlas. El Evangelio nos dice que Santiago y Juan estaban reparando sus redes cuando Jesús los llamó (Mt 4, 21). Incluso en esa labor silenciosa y oculta, el Señor ya los estaba atrayendo a su misión. Y así también es con nosotros, hijos e hijas de Domingo. Remendar nuestras redes no es simplemente reparar lo que está roto. Es atender, con paciencia y sinceridad, todo lo que se ha desgastado en nosotros: fortalecer lo que se ha debilitado, recoger lo que se ha soltado, renovar lo que se ha cansado. Porque el Señor no nos envía a la ligera. Cuando nos llama a echar de nuevo las redes en lo profundo —duc in altum—, desea que las redes que llevamos sean dignas de la abundancia de su gracia.

Pero el mar que tenemos ante nosotros no es un estanque apacible. El mar de nuestro tiempo está inquieto: secularizado pero en búsqueda, dividido y herido, pero anhelando la concordia y la comunión. Son aguas profundas. Y echar nuestras redes en él requiere más que formación o experiencia. Requiere valentía: la valentía de abandonar la seguridad de la orilla, la valentía de soltar lo que tenemos en nuestras manos, la valentía de confiar en que la palabra dirigida a Simón Pedro sigue dirigiéndose también a nosotros: «Rema mar adentro» (Lc 5, 4). Las palabras del Señor no son solo un recuerdo; son una llamada.

Y así debemos preguntarnos, con sinceridad y sin evasivas: ¿dónde están nuestras redes? ¿Están extendidas sobre las aguas, ofrecidas con confianza? ¿O siguen aún plegadas, cuidadosamente guardadas, en reposo en la orilla? Y si permanecen en la orilla, ¿qué las ha retenido? ¿El cansancio? ¿El miedo? ¿El desánimo? ¿Una lenta y silenciosa pérdida de esperanza?

El Señor sigue llamando. Las aguas profundas siguen esperando. Y la red, por muy gastada que esté, aún puede remendarse. Lo que queda es simplemente esto: que nos levantemos, la tomemos en nuestras manos una vez más y confiemos en Él lo suficiente como para lanzarla de nuevo.

Nuestro hermano Tomás de Aquino, inspirándose en Remigio de Auxerre, describe maravillosamente lo que significa ser pescadores de hombres: «Con la red de la santa predicación sacaban peces, es decir, hombres, de las profundidades del mar, es decir, de la infidelidad, hacia la luz de la fe». ¡Maravillosa es, en verdad, esta pesca! Porque los peces, cuando son capturados, mueren poco después; pero cuando los hombres son capturados por la palabra de la predicación, más bien cobran vida».14

«Pastores del rebaño» (ποιμαίνειν τὸ ποίμνιον) — Jn 21, 16-17 / 1 Pe 5, 2

Hay algo silenciosamente luminoso en la secuencia que presenta el Evangelio de Juan. Las mismas manos que arrastraron la red hasta la orilla por mandato del Señor son, poco después, las mismas a las que se confía el cuidado de sus ovejas (Juan 21). Jesús no separa las dos imágenes, sino que las entrelaza en el mismo apóstol15, como si quisiera decir que quien sale a buscar y quien permanece para cuidar están, en el fondo, movidos por el mismo amor. El pescador y el pastor no son dos vocaciones, sino una sola: un único corazón, volcado por completo hacia los perdidos y los encontrados, los lejanos y los cercanos, las aguas profundas y los pastos tranquilos. Con esta visión ante nosotros, pasamos ahora a contemplar la segunda de nuestras dos imágenes, la del pastor, y lo que nos pide en nuestra misión hacia aquellos que ya están reunidos, ya encontrados, ya amados.

Cuando Cristo resucitado le dice a Simón Pedro: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17), habla como el Buen Pastor, aquel que conoce a sus ovejas por su nombre, que da su vida por ellas, que deja a las noventa y nueve para buscar a la que se ha perdido (Jn 10, 3; Lc 15, 4). Como pastores de su rebaño, participamos, aunque sea de modo parcial e imperfecto, en un cuidado divino que ni duerme ni se cansa. El rebaño no es nuestro: es suyo. Cuidamos, en su nombre, de lo que pertenece a Dios.

Esto tiene profundas implicaciones para nuestra comprensión del segundo público: aquellos que ya han escuchado el Evangelio y han recibido la fe, pero que ahora deben ser alimentados, protegidos y acompañados hacia una fe y un compromiso más profundos, para que ellos también puedan participar en el pastoreo.16 Los predicadores que permanecen con el rebaño, que conocen a su gente por su nombre, que los acompañan en medio de la duda, la dificultad y la pérdida, participan de la iniciativa inagotable y tierna de Dios mismo: «Reuniré al resto de mi rebaño de todas las tierras a las que los he desterrado y los traeré de vuelta a sus rediles» (Jer 23, 3).

Nos regocijamos por el aumento de los bautismos de adultos en muchas partes del mundo, pues cada conversión es un signo de la fecundidad del Espíritu y una renovación de la esperanza apostólica de la Iglesia. Sin embargo, el bautismo no es una llegada, sino un umbral; y la responsabilidad del pastor no termina en la pila bautismal, pues los recién bautizados deben ser guiados, según la antigua tradición de la mistagogia, cada vez más profundamente hacia el misterio en el que han entrado y la fe que han profesado. Sin este acompañamiento paciente y continuo en la doctrina, la oración y la vida de gracia, la semilla sembrada en las aguas del bautismo corre el riesgo de caer en terreno poco profundo, y lo que se recibió como don podría, por falta de formación, marchitarse silenciosamente antes de dar fruto (cf. Mt 13, 5-6).

El Buen Pastor «deja las noventa y nueve para buscar la única oveja que se ha perdido». Pero en nuestro tiempo, parece que en algunas partes del mundo está ocurriendo lo contrario: ¡solo unos pocos permanecen en el redil y las «noventa y nueve» han abandonado nuestras iglesias! Esto tiene implicaciones para el tercer público. El rebaño no ha sido ahuyentado por la persecución o una catástrofe repentina; se ha alejado, silenciosa y gradualmente, a causa de un lento fracaso del acompañamiento, una pobreza de presencia pastoral genuina, una brecha entre lo que la Iglesia proclama y lo que quienes están en su seno han experimentado realmente. Las ovejas no fueron robadas; en muchos casos, simplemente se alejaron. Quizás algunas llamaron a nuestra puerta y la encontraron poco acogedora; o algunas tenían preguntas genuinas y se encontraron con un rechazo en lugar de un diálogo. Debemos brindar a las personas el cuidado del pastor (1 Pe 5, 2-4) que merecen, para que puedan fortalecerse en su fe.

He aquí, pues, algunas cosas que debemos tener presentes sobre el arte del pastoreo, para que podamos cumplir nuestra misión de predicar por la salvación de las almas:

1. Domini Canes: Perros pastores del Buen Pastor

El juego de palabras medieval sobre el nombre «dominicos», Domini canes, los perros del Señor, es más que un ingenioso juego de palabras. Es una imagen teológica que merece ser tomada en serio, especialmente en el contexto de cualquier ministerio pastoral o parroquial. En la imaginación antigua y medieval, el perro era ante todo un guardián y pastor: vigilante, leal, incansable y enteramente entregado al amo cuyo rebaño protegía. No era dueño de las ovejas, ni las guiaba en su propio nombre. Su propósito era único: mantener al rebaño cerca del pastor, advertir del peligro que se acercaba y perseguir y recuperar la oveja que se había descarriado, todo ello mediante el único instrumento propio de él, su voz («ladrido»).

Una de las primeras identificaciones de los perros con los dominicos proviene de Alberto Magno. Reflexionando sobre la parábola del hombre rico y Lázaro, cita el versículo «hasta los perros venían y lamían sus llagas» (Lc 16, 21) y escribe que esto se ha cumplido en su propia época: «los perros de caza son las Órdenes de predicadores (Ordines praedicantium): no permanecen en casa, sino que salen hacia los pobres, curando las heridas de sus pecados, llevando en la boca el ladrido de la predicación (latratum praedicationis)».17

Alberto critica duramente a los clérigos que han fallado en su deber de predicar, comparándolos con lo que Isaías llama «centinelas ciegos, perros mudos, incapaces de ladrar» (Is 56, 10-11). Frente a este fracaso, contrapone la figura del buen predicador. Los buenos perros, escribe, llevan «en sus dientes la mordida de la reprensión y la corrección: “Reprende, exhorta, corrige con toda paciencia y doctrina” (2 Tim 4, 2); y en su lengua el bálsamo de la curación: “La lengua del sabio es salud” (Prov 12, 18)». El buen predicador, pues, es el perro viviente: dotado de la gracia de la predicación en su ladrido, del poder de la corrección en su mordedura y del don de la sanación en el consejo de su lengua.

Fundamentalmente, los perros pastores no trabajan solos.18 Cualquiera que los haya visto trabajar en la ladera sabe que su eficacia radica en la coordinación: uno se aleja para reunir a los descarriados, otro cubre el flanco, otro empuja al rebaño hacia adelante, todos atentos a la llamada del mismo amo y ordenados hacia el mismo fin. Ningún perro ve todo el terreno; ninguno puede estar en todas partes a la vez. Es precisamente su trabajo conjunto bajo la dirección del pastor lo que marca la diferencia entre un rebaño reunido y uno disperso. Aquí la imagen ilumina el ministerio pastoral dominicano en su máxima expresión: no solo un hermano que soporta toda la carga aisladamente, sino una fraternidad que se extiende por el mismo campo pastoral, cada uno ofreciendo sus dones particulares, cada uno respondiendo al mismo Señor, y juntos logrando lo que nadie podría lograr solo.

La imagen se extiende naturalmente a la vocación dominicana en su conjunto. No pastoreamos en nuestro propio nombre. Solo Cristo es el Buen Pastor (Jn 10, 11), nosotros somos meramente sus perros: enviados, adiestrados y puestos a su servicio, totalmente orientados hacia Él y hacia el cuidado de quienes le pertenecen. El instrumento propio de este servicio es la palabra, el «ladrido» (si se acepta la imagen en sus propios términos) que advierte, llama y reúne. La predicación, para un dominico, no es una expresión de sí mismo, sino un testimonio: el grito de quien ha percibido el peligro y rechaza la complicidad del silencio.

Al mismo tiempo, la imagen conlleva una humildad necesaria. El perro pastor no es el pastor. No posee autoridad propia, ni rebaño independiente, ni misión privada. Su fecundidad depende enteramente de su atención al amo, de lo bien que conozca su voz y de lo fielmente que siga sus indicaciones. Aquí, de nuevo, la dimensión comunitaria es decisiva: un perro pastor que empieza a actuar por su cuenta, ignorando la llamada del pastor, no solo vacila, sino que perturba el trabajo de los demás, dispersando lo que estos se esfuerzan por reunir. Así también el dominico que persigue su propia visión pastoral al margen de la fraternidad, por muy dotado que sea, corre el riesgo de introducir división en lugar de cuidado. El discernimiento comunitario no es una limitación de la eficacia apostólica; es una de sus condiciones esenciales.

San Gregorio Magno advierte que, cuando un pastor guarda silencio por miedo a desagradar, permite que crezca en su interior una «plaga de silencio».19 El perro guardián que no ladra cuando se acerca el lobo ha fracasado en el propósito mismo para el que fue puesto allí. Su silencio no es prudencia, sino negligencia. Para un predicador dominico, la dimensión profética de la predicación —su disposición a desafiar, corregir y señalar lo que aleja al rebaño de Cristo— no se reserva para momentos extraordinarios. Pertenece al ejercicio ordinario de la vocación. Y cuando los hermanos predican desde una vida compartida de oración y estudio, este valor se sustenta y se purifica: el hermano que vacila encuentra en su fraternidad la valentía para hablar, y la tentación de un silencio cómodo se contrarresta con el ejemplo de quienes permanecen fieles a la urgencia de la Palabra.

2. Hermanos pastoreando juntos

Sí, somos Domini canes, los perros del Señor, pero también se nos ha confiado, de manera real aunque derivada, la labor de pastorear, en respuesta al mandato de Cristo dirigido primero a Pedro pero extendido también a nosotros, a cada uno de nosotros, cuando pregunta: «¿Me amas?».

Una preocupación que a veces se plantea durante las visitas canónicas es que el ministerio parroquial no es propiamente dominicano, que no encaja bien con nuestra vida conventual y comunitaria. Sin embargo, esta preocupación identifica erróneamente el problema. La dificultad no es que los dominicos sirvan en las parroquias. Nuestras Constituciones hablan del ministerio parroquial de manera directa y clara, y el LCO 128 § I encarga explícitamente a los superiores que se aseguren de que los hermanos integren el trabajo parroquial con la vida conventual de manera adecuada. El verdadero problema surge cuando comenzamos a servir en las parroquias como si fuéramos clérigos diocesanos, y no como dominicos.

Una parroquia dominicana no es un territorio que deba ser gestionado por un ministro aislado, sino una porción del rebaño del Señor confiada a una fraternidad de servidores vigilantes, que trabajan en armonía, atentos al único Pastor, y mantienen al rebaño cerca de Él mediante el «ladrido» incansable, paciente y audaz de la Palabra. El lobo es real, el terreno es amplio y la llamada del Maestro no se dirige a uno solo. Convoca a muchos, enviados juntos, como el propio Señor envió a sus discípulos (cf. Lc 10, 1), para que la labor de reunir nunca se lleve a cabo aisladamente, sino siempre en comunión.

Aunque uno de los hermanos sea nombrado párroco (parochus), si nuestro ministerio parroquial ha de ser auténticamente dominicano, deberá ser compartido con otros hermanos o con la propia comunidad. Quizá esto se exprese aún más claramente cuando el cuidado de la parroquia se encomienda in solidum a un grupo de hermanos sacerdotes, sirviendo uno de ellos como moderador (cf. can. 517 § 1). Sea cual sea la forma adoptada, la fraternidad de la comunidad comparte la responsabilidad, discerniendo pastoralmente en común y nutriéndose de su vida común para la predicación y el cuidado de las almas. Este compromiso compartido forma parte de la auténtica espiritualidad dominicana, que además debería ser compartida con los propios feligreses (por ejemplo, mediante el Consejo Pastoral Parroquial), de modo que toda la comunidad cristiana, junto con la comunidad de frailes, asuma su papel en el apostolado parroquial. Cuando nuestra forma comunitaria dominicana se debilita; cuando la administración suplanta la vida común; cuando la oración y el estudio quedan desplazados por la actividad incesante y cada hermano se convierte en la práctica en un ministro solitario que simplemente reside en un convento, la parroquia no se ha vuelto más pastoral, se ha vuelto menos dominicana.

La cuestión nunca ha sido si los dominicos deben servir o no en las parroquias. La cuestión es siempre si las servimos como dominicos.

…y el pastoreo junto a nuestras hermanas

Algunas de nuestras hermanas y miembros del laicado dominicano colaboran con los frailes en diversas formas de ministerio pastoral. La propia Sagrada Escritura nos ofrece ejemplos de mujeres que tuvieron una participación genuina en el cuidado del rebaño.

En el Libro del Génesis (29, 9), Raquel llega al pozo no como sustituta temporal, sino como ya depositaria de una responsabilidad genuina — el cuidado de las ovejas de su padre. De manera similar, en el Libro del Éxodo (2,16), Séfora y sus hermanas llevan a cabo lo que podría parecer una tarea modesta: sacar agua y llenar los abrevaderos para que los rebaños puedan beber. Sin embargo, este servicio, silencioso y fácilmente ignorado, es en realidad esencial; sin él, el rebaño no puede sobrevivir, por muy capaz que sea el pastor.

Estas figuras de la Escritura iluminan una verdad pastoral más amplia: el trabajo del pastoreo no puede limitarse únicamente a la proclamación o al gobierno. Se sostiene por toda una red de atención, fidelidad y amor — formas de cuidado pastoral que a veces permanecen ocultas, pero que son absolutamente indispensables.

Santa Catalina de Siena comprendía el servicio de la autoridad como nada menos que una forma de pastoreo. En una carta dirigida a una abadesa, escribe con su característica mezcla de franqueza y ternura:

«Y vos, señora abadesa, sed una madre y una pastora que entregue su vida por sus hijas, si fuese necesario. Apartadlas de la vida privada y de las conversaciones ociosas; pues estas cosas son la muerte de sus almas y la ruina de la perfección. En la conversación, sed para ellas un espejo de virtud, para que la virtud amoneste más que las palabras. Bañaos en la sangre de Cristo crucificado. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Dulce Jesús, Jesús amor.»20

Para Catalina, el pastoreo nunca puede reducirse únicamente a la administración o al ejercicio de la autoridad. Significa entrar profundamente en la vida de las hermanas, cargar con el peso de la vida comunitaria y permanecer, ante todo, arraigada en el misterio de Cristo crucificado. La imagen del espejo resulta especialmente elocuente: la vida de la superiora se convierte ella misma en la primera y más persuasiva forma de predicación. Antes incluso de que se pronuncie una sola palabra de corrección o de aliento, su modo de vivir refleja —o puede oscurecer— el rostro de Cristo.

«La virtud —insiste Catalina— amonesta más que las palabras». Dicho de otro modo, la credibilidad de la autoridad depende menos del ejercicio del poder que de la santidad encarnada. El pastor guía no solo mediante la enseñanza, sino convirtiéndose él mismo en testigo vivo del amor que proclama.

3. La santidad personal no es meramente personal, es pastoral

«“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”» (ποίμαινε τὰ πρόβατά μου). El mandato de pastorear las ovejas va precedido de la pregunta «¿Me amas?». El orden es irreversible: el amor a Cristo es la condición previa, no la consecuencia, de un cuidado pastoral y eficaz. Un ministerio que ha perdido este centro puede seguir funcionando institucionalmente, pero se vuelve, en el sentido más profundo, vacío. El pastoreo es inseparable de la vida interior del pastor.

«Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen» (Juan 10, 27). Las ovejas reconocen la voz del pastor porque la han aprendido a reconocer, poco a poco, a través de encuentros repetidos y de una escucha que, gradualmente, hace que la voz de Cristo les resulte más familiar que cualquier otra. San Gregorio Magno insiste: «En primer lugar, hay que estar atento a no abandonar la vida interior mientras se persiguen tareas externas».21 El pastor guía por donde él mismo ha caminado y comunica lo que él mismo ha recibido. Nuestro hermano Bartolomé de los Mártires, canonizado en 2019, señala lo mismo: un pastor que descuida su propia vida espiritual mientras cuida de los demás es como un médico que receta remedios que él mismo se niega a tomar. Sus recetas pueden ser acertadas, pero su autoridad suena hueca.22 Uno puede decir todas las cosas correctas y observar todas las formas adecuadas, y sin embargo seguir siendo interiormente deficiente en santidad personal. La contradicción no siempre es inmediatamente visible para sus oyentes, pero se percibe: en la monotonía de la predicación, en la ausencia de compasión genuina, en la sutil autorreferencialidad que se cuela en un ministerio alejado de la conversión personal.

Predicar a Jesús es dar voz al Buen Pastor en un mundo que está perdiendo la capacidad de escucharlo; y esto es constitutivo de nuestra vocación como dominicos. Sin embargo, ¿con qué claridad se escucha esa voz en nuestro mundo actual? Vivimos en una época de ruido extraordinario, una cacofonía de voces que compiten entre sí, cada una reclamando atención, cada una ofreciendo su propia visión de para qué sirve la vida humana. En medio de todo esto, la voz del Buen Pastor debe hacerse audible por aquellos que la han escuchado, que la llevan dentro y que están dispuestos a llevarla a un mundo que, a menudo sin saberlo, se esfuerza por oírla.

Nuestro mundo necesita pastores que hayan escuchado esa voz tan profundamente y con tanta frecuencia que se haya convertido, en cierto sentido real, en la suya propia, que puedan hacerla oír en medio del ruido de esta época con la autoridad de quienes saben, desde dentro, de quién es esa voz y qué está diciendo. Esta es la herencia que nos dejó santo Domingo, quien hablaba con Dios en la oración hablaba de Dios en la predicación.

4. La predicación es el principal acto fecundo del pastor

En el Stimulus Pastorum, Bartolomé de los Mártires ofrece una imagen impactante: «Las madres espirituales, es decir, los santos pastores, tienen dos maneras de dar a luz, por las que dan a luz diferentes tipos de descendencia, a saber: a través de la predicación generan almas y a través de la meditación, intuiciones espirituales».23

La elección de esta metáfora por parte de Bartolomé es en sí misma una provocación. No recurre a las imágenes familiares de la autoridad pastoral —por ejemplo, gobernante, juez, médico—, sino a la maternidad. El santo pastor, escribe, engendra descendencia de dos maneras: a través de la predicación, que genera almas, y a través de la contemplación, que genera intuiciones espirituales. La imagen es teológicamente precisa y pastoralmente exigente. El cuidado pastoral no es la «gestión de las almas», sino su «generación»: a través de la predicación, la Palabra echa raíces y despierta la fe; a través de la contemplación, esa Palabra es primero concebida, profundizada y vivificada en el interior del pastor. Aquí se pone de manifiesto una intuición profundamente dominicana: contemplata aliis tradere, transmitir lo que se ha contemplado, pero expresado ahora en una forma más encarnada; no solo transmitir, sino gestar y dar a luz, ya que la verdad se lleva dentro del predicador hasta que se convierte en palabra viva. Sin esta gestación interior, la predicación se empobrece; sin la proclamación exterior, la contemplación permanece infructuosa. Ambas pertenecen a un único movimiento: lo que se recibe gratuitamente en el silencio se da a luz en la palabra; lo que se concibe en el corazón nace en la vida de los demás, de modo que el pastor no se limita a enseñar, sino que participa de la fecundidad silenciosa mediante la cual Dios mismo da vida a través de su Palabra.

Bartolomé se hace eco de la Carta de Pablo a los Gálatas: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gál 4, 19). El apóstol sugiere que el nacimiento de la fe en el otro es un proceso continuo. Santiago explica claramente el instrumento de este nacimiento: «Según su propio designio, él nos dio a luz mediante la palabra de verdad» (Stg 1,18). Para Bartolomé, la predicación no es mera comunicación, sino el «lugar de nacimiento» de la fe, la conversión y la nueva vida en Cristo.

Esta es la unidad que se encuentra en el corazón de la imagen de Bartolomé. Los dos nacimientos no son actividades paralelas, sino una única vida pastoral en su doble movimiento: recibir en la contemplación, dar en la predicación.

Lo que hace que la imagen de Bartolomé sea tan exigente es que la maternidad implica sacrificio. Algunas madres morían al dar a luz. La imagen del pastor como madre espiritual es, en su profundidad, una imagen de la entrega pastoral, la misma lógica que la del Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Jn 10,11). El pastor que contempla y predica fielmente es aquel que se entrega por completo, que trabaja hasta que Cristo se forme en aquellos confiados a su cuidado, y que comprende que la fecundidad en el ministerio no es un logro, sino una gracia que implica un sacrificio personal. La angustiada frase de Pablo lo capta a la perfección: «hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4, 19). Ese «hasta que» es la totalidad de la vocación pastoral; una labor que no cesa hasta que su objetivo se haya cumplido, sostenida por la contemplación, expresada en la predicación y animada en todo momento por el amor.

La predicación es el momento en que el pastor alimenta al rebaño, y merece toda la dedicación de la oración, el estudio y el amor pastoral del pastor. Bartolomé insistió en esto en el Concilio de Trento, presionando exitosamente para que se impusiera explícitamente la predicación episcopal. Su convicción, expresada repetidamente en el Stimulus Pastorum, es que el pastor que no predica descuida el medio principal por el cual Dios nutre a su pueblo, a saber, conducirlo a los «pastos de las divinas Escrituras».24

5. Los perdidos, los débiles y los pobres tienen un lugar privilegiado para el pastor

«Buscaré a las perdidas, traeré de vuelta a las descarriadas, vendaré a las heridas y sanaré a las enfermas» (Ez 34, 16). Cuando Cristo se revela como el Buen Pastor, lo hace con mayor claridad en su acercamiento a los marginados, a la oveja que se ha descarriado, a los heridos en el camino, a los pobres que no tienen quien hable por ellos.

En su Comentario sobre el Evangelio de Juan, Tomás de Aquino identifica tres formas distintas en las que el pastor está obligado a alimentar al rebaño: mediante la palabra de la doctrina —«Os daré pastores según mi corazón, que os alimentarán con conocimiento y doctrina» (Jer 3, 15); mediante el ejemplo de vida — «Sé ejemplo para los fieles en palabra, en conducta, en caridad, en fe, en castidad» (1 Tim 4, 12); y mediante la ayuda temporal«¡Ay de los pastores de Israel que se alimentaban a sí mismos!» (Ez 34, 2).25 La tercera, temporali subsidio, resulta especialmente llamativa y fácil de pasar por alto. Para Tomás de Aquino, el pastor que no proporciona apoyo material a quienes están a su cargo queda implícitamente condenado por el profeta Ezequiel: se está alimentando a sí mismo en lugar de a las ovejas.

La tradición cristiana se toma esto muy en serio. Gregorio Magno insiste en que el pastor debe adaptar su cuidado a la condición de cada uno, pero especialmente a los que son frágiles o corren peligro de perderse; la negligencia pastoral se revela precisamente cuando se pasa por alto a los vulnerables. Agustín, predicando sobre Juan 21, advierte que alimentar a las ovejas de Cristo es amarlas como lo hace Cristo, lo que significa no buscar la propia comodidad, sino el bien de aquellos que no pueden corresponder. Y Bartolomé de los Mártires, en su celo reformador, vuelve continuamente a la obligación de los pastores de estar presentes entre los pobres, no como administradores distantes, sino como quienes comparten su condición y llevan sus cargas.

Decir que estos tienen un «derecho privilegiado» no es excluir a los demás, ni disminuir el cuidado que se debe a todo el rebaño. Más bien, señala una prioridad inscrita en la propia lógica de la caridad pastoral. Las noventa y nueve no son abandonadas, pero la que se ha perdido no puede volver por sí sola. Los fuertes pueden resistir por un tiempo; los débiles quizás no. Los bien situados encontrarán su camino; los pobres a menudo permanecen invisibles a menos que alguien vaya a ellos. La tarea del pastor, por lo tanto, no es una atención distribuida por igual, sino un amor debidamente ordenado: un amor que se inclina hacia aquellos que corren mayor riesgo de ser olvidados.

Esto tiene implicaciones concretas para la vida pastoral de hoy, porque exige un ministerio dispuesto a ser interrumpido, a abandonar los caminos ya conocidos, a dedicar tiempo donde los resultados no son inmediatamente visibles; resiste la tentación de centrarse en aquellos a quienes es más fácil servir o que responden mejor; requiere una cierta pobreza en el propio pastor: una libertad frente a la autoprotección, y a la necesidad de eficiencia o reconocimiento, para poder atender a quienes no pueden ofrecer ninguna de las dos cosas.

En su sentido más profundo, este principio revela algo sobre Dios mismo. El pastor que da prioridad a los perdidos, a los débiles y a los pobres participa en el movimiento mismo del amor divino. Porque el cuidado de Dios no se distribuye según el equilibrio, sino que se derrama según la necesidad: como lo sabía Ezequiel, como lo sabía el padre del hijo pródigo, como lo sabía el pastor que deja a las noventa y nueve. Y el pastor cuyo propio corazón ha sido moldeado por esta lógica se convierte, silenciosamente y a un gran costo, en un signo vivo del único Pastor que nunca cesa de buscar a los perdidos, de vendar a los heridos y de reunir lo que se ha dispersado.

Conclusión

En la aparición del Resucitado, según el Evangelio de Juan, Jesús le dice a Pedro que eche la red al otro lado; luego, tras un desayuno de pescado y pan, le dice que apaciente a sus ovejas.26 El paso de pescador a pastor puede parecer una mezcla incómoda de imágenes, pero en realidad es profundamente instructivo, especialmente para nosotros los dominicos. Todo predicador está llamado primero a pescar: a proclamar el Evangelio y atraer a otros a Cristo, y luego a apacentar: a formarlos, guiarlos y cuidar de ellos pastoralmente. Dentro de la Iglesia, a veces tendemos a separar estos roles, tratando al pescador de hombres y al pastor de almas como vocaciones distintas. Pero una lectura atenta del capítulo 21 de San Juan nos recuerda que no son tareas opuestas; son dos dimensiones inseparables de la única misión apostólica.

Pescar sin pastorear es llenar una red y marcharse. Pastorear sin pescar es cuidar de un rebaño que poco a poco se va reduciendo. Una evangelización renovada exige ambas cosas: la audacia de lanzar la red en aguas desconocidas, y la fidelidad de permanecer con aquellos que han sido congregados, alimentándolos, sanándolos y formándolos en una comunidad viva de fe. El pescador sin el pastor corre el riesgo de traer una pesca que nunca se sostiene, nunca se forma, nunca se lleva a la madurez. El pastor sin el pescador corre el riesgo de cuidar un rebaño cada vez más reducido, fiel quizá a los que ya están presentes, pero sordo al mandato del Señor de lanzar la red a lo profundo. En su unidad, estas dos imágenes revelan la plenitud de lo que exige el Evangelio. Para nosotros, dominicos, esto significa que nuestra misión debe unir siempre la audacia de la predicación y la fidelidad del acompañamiento: salir con valentía para atraer a las personas de los «cuatro públicos» hacia Cristo, la Palabra viva, y luego caminar con ellas, con paciencia y fidelidad, hasta que alcancen la madurez en él, hasta que, en palabras de Pablo, Cristo se forme verdaderamente en ellas (cf. Gál 4, 19).

Esta carta es, por supuesto, incompleta. Siempre hay más que decir, más que perfeccionar y profundizar. Simplemente no es posible abordar todo lo relevante para cada miembro de la Orden en sus diversas ramas, regiones y generaciones. Además, la tarea de reflexionar y dar forma a nuestro camino hacia el Jubileo no corresponde solo al Maestro, sino a toda la familia.

Por este motivo, os invito cordialmente a que consideréis esta carta como un punto de partida y no como una conclusión, y a que la llevéis más allá, en vuestras conversaciones comunitarias y en vuestra oración y reflexión personales. Lo que aquí pueda faltar podrá enriquecerse con vuestra propia visión, experiencia y escucha atenta al Señor.

Os propongo las siguientes preguntas para guiar nuestra reflexión y conversación continuas:

¿Qué podríais aportar vosotros para profundizar, ampliar o contextualizar adecuadamente uno o varios de los temas presentados en esta carta? ¿Hay otras dimensiones que desearíais explorar en relación con la llamada a ser pescadores de hombres o pastores del rebaño? Teniendo en cuenta la diversidad de públicos e interlocutores de nuestra predicación, ¿cómo podríamos renovar, con mayor fidelidad y creatividad apostólica, nuestra forma de vivir el propositum Ordinis, predicando por la salvación de las almas, mientras caminamos hacia el gran Jubileo de la Redención y Pentecostés en 2033?

Mientras continuamos juntos el camino hacia Pentecostés de 2033, recemos por la gracia de escuchar atentamente al Señor Resucitado, de discernir dónde nos llama a echar nuestras redes y de reconocer que la verdadera medida de nuestro amor por Él se encuentra, como lo fue para Pedro, en el cuidado de sus ovejas.

In Domino et Dominico,

fray Gerard Francisco Timoner III, OP

Maestro de la Orden

Notas finales

  1. «Ab hoc igitur die tuba evangelicae praedicationis intonuit». León Magno, Sermo LXXV, De Pentecoste I, §2. Aunque algunos hablan de Pentecostés como del «nacimiento de la Iglesia», la propia Iglesia enseña que «nace, ante todo, de la entrega total de Cristo por nuestra salvación, anticipada en la institución de la Eucaristía y cumplida en la cruz». (Catecismo de la Iglesia Católica, 766); Ambrosio escribe bellamente: «Así como Eva fue formada del costado del Adán dormido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo colgado muerto en la cruz» (cf. San Ambrosio, In Luc. 2, 85-89 PL 15,1666-1668). 
  2. Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, Homilía IV https://ccel.org/ccel/schaff/npnf111/npnf111.vi.iv.html
  3. El octavo centenario de los primeros Capítulos Generales se conmemoró con una carta a la Orden, El Capítulo General de la Orden de Predicadores: Estructura de comunión y misión, de la que fui coautor junto con los anteriores Maestros de la Orden: fr. Timothy Radcliffe, OP, fr. Carlos Azpiroz Costa, OP, y fr. Bruno Cadoré, OP. 
  4. Cabe destacar que los Papas han utilizado la expresión «Nuevo Pentecostés», necesaria para una «evangelización renovada» en nuestro mundo cambiante; cf. Juan Pablo II, Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, sábado, 30 de mayo de 1998, n.º 4; Benedicto XVI, A los jóvenes del mundo con motivo de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, 2008, n.º 4. 
  5. Cf. CCC §783–786; Lumen Gentium §10–13. Apostolicam Actuositatem §6: «El apostolado de la Iglesia y de todos sus miembros tiene como fin principal manifestar el mensaje de Cristo con palabras y obras y comunicar su gracia al mundo. Esto se realiza principalmente a través del ministerio de la Palabra y de los sacramentos, confiado de manera especial al clero, en el que los laicos también tienen que desempeñar sus funciones muy importantes si quieren ser «colaboradores de la verdad» (3 Jn 8). Es especialmente en este nivel donde el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral se complementan mutuamente». 
  6. Papa Francisco, Praedicator Gratiae, 2021. https://www.vatican.va/content/francesco/en/letters/2021/documents/papa-francesco_20210524_lettera-centenario-sando menico.html 
  7. Papa León XIV, Carta a los Capitulares, ACG Cracovia 2025, 8 
  8. «La Iglesia peregrina es misionera por su misma naturaleza, ya que es de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo de donde toma su origen, de acuerdo con el designio de Dios Padre». Concilio Vaticano II, Ad Gentes (Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia), n.º 2. 
  9. Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 122. 
  10. Mis reflexiones sobre los «pescadores de hombres» se desarrollaron a través de conversaciones con hermanos y amigos: fr. Clarence Márquez, OP, fr. Wenifredo Padilla, OP, y las gemelas Marilou y Maricel Ibita —todos ellos estudiosos de la Sagrada Escritura. 
  11. Gregorio Magno, Regla Pastoral III, Prólogo. 
  12. Tomás de Aquino, S. Th. I, q. 23, a. 4, ad 3. 
  13. Agustín, Sermones sobre el Nuevo Testamento, 73: «messores autem angeli sunt». Nosotros somos hombres, los ángeles son cosechadores. Ciertamente, nosotros también seremos, si completamos la carrera, iguales a los ángeles de Dios; pero mientras luchamos contra los malos, seguimos siendo hombres. Y debemos escuchar: «Por lo tanto, el que cree estar firme, tenga cuidado de no caer». – https://www.thelatinlibrary.com/augustine/serm73.shtml
  14. Tomás de Aquino, Catena Aurea: Comentario sobre el Evangelio de Marcos, capítulo 1, citando a Remigio de Auxerre. 
  15. Pescador y pastor: cabe destacar cómo los sucesores de Pedro conservan hasta hoy dos símbolos que mantienen viva la memoria de su vocación original: se les llama pastor supremus, el pastor supremo (Lumen Gentium, §25), y llevan en el dedo el anulus piscatoris, el anillo del pescador. 
  16. Juan Pablo II, Christifideles Laici, 23. 
  17. Alberto Magno, Opera Omnia, ed. Borgnet, vol. 23, París 1895, p. 443. Agradezco al fr. Viliam Doci, OP, por llamar mi atención sobre este texto. Para subrayar la dimensión sanadora y misericordiosa de la predicación, Alberto cita Eclesiástico 36, 25: «Si hay lengua de sanación, hay también lengua de mitigación y misericordia». Este versículo, sin embargo, parece pertenecer a lo que los estudiosos denominan los «añadidos de la Vulgata»: pasajes presentes en la Vulgata latina que no tienen equivalente directo en los principales manuscritos griegos ni en los fragmentos hebreos recuperados, y que, por lo tanto, no aparecen en las ediciones críticas modernas ni en las traducciones contemporáneas del Sirácida. 
  18. Le debo al P. Benjamin Earl esta descripción de la notable forma en que los perros pastores trabajan con un pastor, un mundo totalmente desconocido para mí, habiendo crecido en Filipinas. 
  19. Véase Gregorio Magno, Regla Pastoral II, 4; III, 14, amonestación 15. 
  20. Caterina da Siena, Le lettere (Edizioni Paoline: Milano, 1987) p. 1049. Agradezco a la Hna. Mirella Soro, OP, monja dominicana de Pratovecchio, por haberme señalado este texto de santa Catalina de Siena. 
  21. Gregorio Magno, Regla Pastoral, Libro II, 7: El principio de que el predicador debe recibir primero lo que pretende transmitir está presente a lo largo de las partes II y III de la Regula Pastoralis. Gregorio insiste igualmente en la necesidad de un equilibrio cuidadoso entre las dimensiones apostólica y contemplativa: el pastor «no debe disminuir su cuidado por las cosas interiores en medio de la ocupación de los asuntos exteriores, ni abandonar su provisión para las cosas exteriores en medio de su preocupación por las interiores; no sea que, entregado por completo a los asuntos exteriores, se derrumbe interiormente, o, ocupado únicamente con las cosas interiores, deje de rendir a sus vecinos lo que les debe exteriormente». 
  22. cf. Bartolomé de los Mártires, Stimulus Pastorum: A Charge to Pastors, traducido por Donald S. Prudlo (Indiana: St. Augustine’s Press, 2022), p. 20. 
  23. Ibíd., pp. 61-62. 
  24. Ibíd., p. 61. 
  25. Tomás de Aquino, Cátedras sobre el Evangelio de Juan, capítulo 21, cátedra 3. 
  26. En el Evangelio de Juan, antes de pedir a Pedro que alimente a su rebaño, Jesús los alimenta él mismo primero: «Vengan a desayunar». Esta es la única comida mencionada en el Evangelio que Jesús preparó él mismo (Juan 21, 9–12). Después del desayuno, le dice a Pedro: «Si me amas, apacienta mis corderos… cuida de mis ovejas» (Juan 21, 15–17). Para Jesús, un buen pastor es aquel que sabe nutrir a su rebaño. Un sacerdote italiano, reflexionando sobre esta escena posterior a la Resurrección, señala una conexión entre la palabra italiana pasto, que significa «comida», y il buon pastore, que significa «el buen pastor».